Los algoritmos llevan entre nosotros cerca de tres décadas, y cada vez se han ido convirtiendo en más humanos. Estos sistemas se usan para hacernos la vida más fácil, aprenden de nosotros, y se encuentran en nuestro día a día.
Numerosos comercios los usan para que aprendan sobre los hábitos de consumo de los consumidores tan observando nuestras conductas. Así, consiguen adivinar lo que nos gusta y nos publicitan productos relacionados para hacer que consumamos más.
Durante el confinamiento nuestro ritmo de vida se ha relajado y al habernos quedado en casa nuestras compras y búsquedas también han variado. Los logaritmos no reaccionaron de la manera deseada al cambio y comenzaron a publicitar productos que no eran de nuestro interés o eran muy insistentes. La razón es que estos algoritmos no se amoldan bien a los cambios y no nos reconocían.
Otro gran cambio a parte de el qué compramos durante la pandemia es el cómo, pues nuestra paciencia descendió notablemente y a la hora de comprar nos decantábamos por los productos con un menor tiempo de entrega. Los algoritmos van aprendiendo y ven que si te enseñan productos que van a tardar mucho tiempo en llegar, no le vas a prestar tanta atención como si tuviese un período de entrega menor.
Los algoritmos muchas veces son la base de nuestras vidas, pues muchas empresas principalmente relacionadas con el turismo basan sus ofertan en los datos recogidos por estos programas y un fallo puede suponer una catástrofe para el sector. De hecho son numerosas el grupo de empresas que están estudiando los efectos de la pandemia a través de estos datos, gracias al poder de reorientación de los algoritmos.

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